Historia de navidad

fantasma

En estas fiestas un relato de navidad inédito, que ficcionaliza una historia verídica o por lo menos eso fue lo dado a entender por el camionero que narró esta historia. Está en cada uno de ustedes creer o no las líneas que aparecen a continuación. Por las dudas se aconseja leerlas antes de la hora de las brujas y el paseo de los fantasmas de medianoche.

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A Fabián Polosecki, periodista singular que supo registrar como nadie la historia de vida de hombres y mujeres marginales e ignorados hasta la aparición del ciclo televisivo El Otro Lado,fuente primera a la que se accedió a este relato a mediados de la década del noventa.

El siguiente relato ha sido contado paralelamente en diversas partes del mundo y de una gran variedad de formas. Cambian los nombres de las localidades, la geografía, el aspecto de los protagonistas y algunas otras circunstancias, como la temperatura ambiente y los trastornos emocionales de los narradores. Sin embargo, dos rasgos se mantienen siempre constantes: el espacio donde ocurren los hechos y la proximidad a la fecha en que se celebran las Navidades.

La radio había anunciado una jornada despejada, pero como ocurre en todas las historias de fantasmas una tormenta estaba a punto de desatarse. El camionero viajaba sin mayor preocupación porque ya conocía los sinuosos caminos que comunicaban las sierras mendocinas con la ciudad de Buenos Aires. En el acoplado transportaba 8500 bultos repletos de dulces navideños, garrapiñada, confites de chocolate, frutas abrillantadas y una selección especial de turrones de castaña.

Luego de manejar varios kilómetros, una pequeña cruz al costado de la ruta llamó la atención del conductor. Se trataba de uno de esos monolitos que suelen construirse en los sitios donde ocurren accidentes. Estaba justo detrás de una piedra. En los doce años que el chofer llevaba recorriendo ese trayecto nunca lo había visto, pero, claro, en todo ese tiempo nunca había salido durante una mañana tan oscura como esa y, tampoco, el resplandor de un relámpago había iluminado lo que estaba oculto detrás de la piedra.

La cruz tenía un diseño rebuscado. Cada uno de los extremos visibles terminaba en tres círculos concéntricos tallados uno a continuación del otro, que confluían en un mismo surco procedente del cruce perpendicular de los maderos. Un canuto seco clavado en la tierra se sumaba al paisaje.

¿Quién se ha tomado todo el vino? Oh, oh, oh, oh… sonó en la radio y, enseguida, el conductor cambió su indigesta cara por una mueca irónica, algo había bebido antes de subir al camión. Pensaba que el alcohol agilizaba sus reflejos y que un vaso de vino tinto aceitaba el funcionamiento motor de su cuerpo. Una idea bastante común entre los alcohólicos sociales. Si continuaba con esa rutina, pronto su hígado sería la delicia de los gatos.

Estaba solo y se sentía solo. Estaba tan solo que no podía pensar con claridad. El miedo a la muerte llamó al peor recuerdo de su infancia: aquella bruja que lo acechaba, persiguiéndolo en sus sueños y aturdiendo su memoria con una risa macabra. Incluso, podía percibir el mismo olor que sentía cuando se protegía escondido bajo la sábana: un penetrante aroma a fruta podrida que la hechicera emanaba por sus poros mientras su cuerpo amorfo palpitaba hinchándose como si en sus venas circulara una corriente de lava a 1200° grados centígrados. Aunque eso no era lo peor, de su cráneo semi desnudo nacían germinaciones de trífidos con musgos entrelazados que deglutían niños para saciar su apetito carnívoro.

– Cosas de chicos- pensó.

Un hombre vestido con un traje azul a rayas, la solapa levantada y sombrero de ala pedía desde la banquina que lo llevaran. Llovía. El transportista detuvo el camión e invitó a subir al caballero. El hombre se ubicó en el asiento del acompañante, acercó una mano al sombrero y lo levanto levemente en un gesto de agradecimiento. A su rostro le faltaba un poco de color y por la ropa parecía un delincuente escapado de una serie de gángsteres de la década del ´50.

-¿Qué hace solo caminando entre las montañas? -preguntó el chofer.

El hombre no contestó.

– Me llamo Rufino, Rufino Cuevas- insistió esperando una respuesta.

El hombre siguió callado.

– Dígame, ¿tiene algún problema?

La tensión aumentaba conforme el caminante continuaba en silencio.

– Che, ¿se te comieron la lengua los ratones? Uno les hace un favor y mira con qué te pagan, con indiferencia. Decí que ya estás arriba porque sino…

La rigidez de la situación detuvo el tiempo por unos instantes. En circunstancias normales el pasajero hubiera tenido que recoger sus vísceras del piso, pero el camionero prefirió dejar el destornillador en la guantera. Subió el volumen de la radio y condujo en medio de la tormenta tratando de evadir los demonios creados por su propia mente después del resplandor. Su mediocre imaginación representaba en las sombras vacías de su cerebro ordinario, una analogía entre la cruz y el hombre de traje a rayas.

No veía nada. Faltaban pocas horas para la Noche Buena y el temporal estaba retrasando el último pedido de las fiestas navideñas. El pampero, la sudestada, la corriente del niño, de la niña y del resto de la familia se habían confabulado para que el camión no llegara a tiempo a su destino, y la locutora de ‘FM Aconcagua’ insistía en que era un día precioso.

Diez kilómetros adelante había una estación de servicio para camioneros, porque los transportistas no se detienen en cualquier parada del camino, entre otras características debe haber un bufete donde los platos sean baratos, abundantes y que estén cocinados en su propia grasa. Además, el cabaret del pueblo los tiene que atender como si fueran parte de la casa. El último requisito resulta bastante interesante debido a que un importante número de chóferes padecen problemas sexuales provocados por el calor del motor que penetra en la cabina de mando. Las amantes ocasionales cuentan que muchos de ellos sólo quieren hablar, contar sus penurias y sentirse acompañados. La soledad es una compañera inseparable, sorda, sórdida y aburrida; por ese mismo motivo los chóferes levantan a los viajeros que vagan por las rutas, como el caso del hombre de sombrero de ala que caminaba en el barro.

Unos mil metros después del Paso de la Cumbre, Rufino aminoró la marcha, tomó la bifurcación del camino que desembocaba en la gasolinera y dejó frenar lentamente el vehículo para que el acoplado no deslizara sobre el ripio mojado. Sin error de cálculo el tanque de nafta quedó justo frente al surtidor. El chofer bajó.

– ¿Cómo te trata la vida?- le preguntó el conductor al pibe que atendía la estación.

– Bien- dijo el empleado.

– Con este clima no voy a tener tiempo para almorzar.

– Si está raro- contestó el pibe.

– Revisale los líquidos y trátalo como si fuera una mujer, que yo tengo que ir a mear- dijo el camionero refiriéndose al transporte de cargas.

Con la panza por delante entró al baño de hombres. El piso estaba húmedo. La lluvia, el calor y la mugre propia de los baños públicos habían formado una pasta pestilente sobre el cartón esparcido por el piso. Una mosca de letrina apresuró el trámite del camionero, que en la desesperación por evitarla terminó por enchastrar la pared alrededor del mingitorio.

– Es un círculo vicioso- pensó- Aparece una, molesta y crea el ambiente propicio para su reproducción.

El conductor estaba un poco nervioso. Su vejiga no funcionaba como siempre. La presencia de ese extraño del camino lo estaba preocupando. Distraído de lo que su cuerpo decía, compró unas galletas para el viaje y volvió. Cuando quiso continuar la marcha se dio cuenta que el hombre de traje a rayas y sombrero de ala ya no estaba. Le preguntó al pibe a dónde se había ido.

– No… usted vino solo, no había nadie en el asiento del acompañante.

– Cómo que no había nadie- insistió el chofer mientras describía al pasajero.

– Yo lo vi llegar solo- aseguró el pibe.

El chofer se inclino hasta donde le permitió el estómago, miro la alfombra plástica en la que el hombre había apoyado sus pies sucios y verificó que estaba embarrada.

– Ves pibe mira… yo no estoy loco.

– Si usted lo dice, le creo.

El cielo seguía encapotado y la angustia se acentuaba en el vientre. El chofer volvió a pasar por el baño y continuó el viaje hasta que vio una silueta al costado de la ruta. Dudo, la curiosidad pudo más que el miedo y paró. Un hombre subió al asiento del acompañante, un hombre distinto al de traje a rayas y sombrero de ala.

Hablaron sobre el clima, los regalos para sus hijos y, entre otros temas, intercambiaron algunas historias de Navidad. Cuando el pasajero recordó las últimas fiestas lluviosas, el chofer le relató lo ocurrido esa mañana.

Otra vez el vacío detuvo al tiempo.

El pasajero le explicó al chofer que años atrás, para la misma fecha, un auto cayó al precipicio durante una fuerte tormenta. El accidente había ocurrido antes del Paso de la Cumbre. Le dijo que sólo viajaba un hombre, el mismo hombre que suele aparecer en las vísperas de las Navidades caminando a un costado de la ruta, porque tiene deseos de ir a su hogar para celebrar la Noche Buena con su familia.

El pasajero bajó en el siguiente pueblo.

– No llegue tarde… que hoy es Noche Buena y mañana Navidad- le dijo mientras sonreía.

Rufino Cuevas, el camionero, tenía el presentimiento que había llevado al fantasma a su destino, pero no estaba seguro si se trataba del hombre de traje a rayas o de ese otro individuo que hablaba. Podrían haber sido los dos, o sólo una alucinación de los sentidos.

A partir de ese día, el camionero, dejó de temerle a las brujas, aunque nunca más en su vida volvió al Paso de la Cumbre. Quizá lo hizo a su muerte.

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  1. Pingback: Historias para no dormir « Radio Universidad – FM 90.5

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