El periodismo y su hoja de ruta (primera parte)

De aquellos tiempos cuando la tinta y el papel eran el oro negro de la actividad periodística a la actual era digital, en la que el valor de la información se mide en bits de datos, las rutinas productivas del oficio sufrieron diversos cambios. En esta serie (de tres entregas) se surcarán los mares de la agenda de los medios, e indagará sobre el complejo proceso de construcción de las noticias y sus implicancias en la agenda social.

La agenda de la prensa se presenta como la bitácora de un barco, está fija en la cubierta -la portada de un periódico o un titular audiovisual- y sus organizadores siempre intentan establecer un balance informativo acorde a los lineamientos editoriales de quien detenta su timón de mando -el director periodístico-.

Todo esto ocurre antes de ingresar de lleno al circuito de circulación, pero inevitablemente el armado de la agenda tiene su correlato en el éxito de venta de las ediciones anteriores. Por lo tanto, su alcance y aceptación resulta de la síntesis de dos instancias elementales: producción y consumo.

La tarea periodística se inscribe en medio de ambas y, desde ese rol paradojal, sus hacedores deciden lo que dirán los diarios respecto a un basto directorio de hechos por clasificar. Es paradojal porque el periodista está en un lugar cruzado de contradicciones y porque las noticias son una construcción marcada por las políticas del medio y sus intereses particulares.

La distinción que realizara Héctor Borrat por la triple condición del medio, como: narrador, comentarista o participante, en “El periódico, actor político” (1989), sirve para dar cuenta de su intencionalidad como totalidad externa. No obstante, en esa construcción operan también las negociaciones internas sobre la relevancia de los hechos y su difusión en la escena pública, previamente elaborada dentro de la redacción.

La agenda final es publicada con apariencia de verdad absoluta y una retórica que oculta esas condiciones de existencia para resultar efectiva en su discurso. Nunca muestra el proceso previo en el que intervienen factores culturales y aspiraciones personales de quién pone el punto y aparte.

En síntesis, el periodista siempre esta marcado por la dualidad de su ámbito de trabajo y el entorno social, y articula en la agenda del medio lo aspectos públicos y afanes privados -de la empresa o suyos-, sin develar que estos últimos son constitutivos de la agenda.

Lo dicho y los hechos

Desde una perspectiva histórica, el siglo XX tuvo tres antecedentes liminares respecto al cruce entre el periodismo y las tecnologías de la información. En el año 1948, Harold Laswell insistió en el modelo de la “aguja hipodérmica” propiciado por el funcionalismo norteamericano, con la publicación de: “¿Quién dice qué, por qué canal, a quién, y con qué efecto?” El trabajo fue, en parte, el resultado de reflexiones previas realizadas por esa corriente sociológica ligada a la Mass Communication Research.

Las principales preocupaciones de Laswell giraban en torno a los ejes: propaganda y democracia, en tiempos de posguerra; y, luego, sobre opinión pública y campañas electorales -ampliadas por Paul Lazarsfeld y Robert Merton, en el precursor trabajo “El pueblo elige” (1944), sobre las proyecciones primarias en un condado de Ohio (USA).

Es también en 1948 cuando el ingeniero Claude Shannon publica su modelo formal en “La teoría matemática de la comunicación” que apuntalará, desde las llamadas ciencias duras, esas primeras afirmaciones basadas en esquemas de estimulo-respuesta.

No por casualidad, los sucesos ocurridos luego de una supuesta invasión marciana abrieron infinidad de estudios respecto a los límites del género informativo y el rol del periodismo. Esto ocurrió de la mano de Orson Wells, cuando el entonces realizador radiofónico llevó de la ficción a la realidad la adaptación de “La guerra de los mundos” (novela de H. G. Welles) en octubre de 1938.

Pero lo cierto es que las experiencias actuales en consumo informativo y el alto grado de acceso a múltiples fuentes noticiosas harían poco probable que una multitud incrédula se espante con la representación del clásico de John Wyndham “El día de los trífidos”, si algún genio loco decidiera anunciarlo como un hecho verdadero. En épocas de banda ancha la falacia interpretativa debería ser mucho mas sofisticada para que una comunidad entre en pánico colectivo y crea que el helecho de su casa transmutará en un ser carnívoro.

En ese mismo año 1948, Norbert Wiener adelanta su modelo cibernético -de allí la idea sobre el timón de mando- en el que reconoce, a diferencia de su discípulo Shannon y los promotores de modelos lineales, los problemas del desequilibro de flujo de datos y adelanta en medio siglo el debate sobre la llamada Sociedad de la Información.

En su libro “Cibernética o el control y comunicación en animales y máquinas”, Wiener da al campo comunicacional el relieve sociológico necesario para comprender las tensiones de poder que cruzan la sociedad moderna y los limites de la democracia informativa, al sostener que el grado de organización de una sociedad puede medirse por la cantidad de información del sistema.

La condición para que esta no devenga en autoritaria será la libre circulación de la información y un intercambio sin trabas. Por ende, la mercantilización de la misma y las restricciones de acceso eran para el matemático su principal peligro. Allí surge la conflictiva existencia para el periodismo profesional, en épocas de oligopolios y concentración económica.

Corsarios y tripulantes

Por su naturaleza, la estructura tradicional de la jerarquización de la agenda periodística responde a una compleja tensión en la que se entrecruzan las relaciones de poder del ámbito empresario con la toma de decisiones dentro del campo periodístico.

En no pocos casos puede tratarse de corsarios que supeditan los contenidos a fines comerciales. En otros, de románticos cronistas de la realidad que intentan responder a esa tendencia propia de la concentración de los medios con una agenda paralela. Pero estos últimos generalmente abandonan los fines periodísticos por proyectos políticos ligados a alguna forma de militancia social.

Ese es el bit posmoderno que opone la prensa comercial y la llamada comunicación “alternativa” y parte de la génesis de una actividad que pasó del periodismo faccioso (en su origen revolucionario) a su etapa rentada.

En ese pecado original está presente la unión tácita entre la política y la economía. Ahora bien, por fuera de estos extremos la mayor parte de los hombres y mujeres de la prensa son simples tripulantes que navegan en medio de la tormenta de hechos cuantificables. Probablemente su doble pertenencia: al campo de la agenda de los medios y al de la agenda del público, sea el motivo de la continuidad del prestigio de la profesión en el escenario social.(Continuará…)

Veáse además: Sobre la tópica “agenda, periodismo y verdad” una contrastación de casos en el artículo “Periodismo o Barbarie“, de reciente publicación en el libro “Entre el deseo y la realidad” (UTPBA-1997).

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