El periodismo y su hoja de ruta (segunda parte)

La difusión de contenidos informativos corresponde a un saber intelectual que no es ciencia. En esa intersección entre la agenda de los medios y la de la opinión pública es donde trasciende la actividad periodística. En esta segunda entrega, recorreré distintos modelos analíticos que se interrogan sobre los aspectos determinantes del armado de los sumarios informativos. Las siguientes líneas van más allá de los estudios específicos en comunicación. A continuación, algunas puntadas para desenredar los cruces entre los medios, el poder político, los saberes populares y su lectura en clave filosófica.

Al menos cuatro caminos pueden recorrerse para indagar el lado B de las agendas periodísticas:

Primero, el de la tradición funcionalista norteamericana -detallado en la primera entrega- y la ruptura con el estudio de los efectos que puede leerse en la basta obra iniciada por Maxwell Mc Coms, en la que se detiene a observar las causas y el modo de configuración de lo que llama “agenda setting”.

Segundo, la mirada crítica de Giovanni Sartori con el modelo “bobble up” -o resurgimiento-, en el que tras una ebullición inesperada reconoce una agenda temática que emerge de abajo hacia arriba, luego de una puja de posiciones.

Tercero, la versión inversa diseñada por el politólogo Karl W. Deutsch, representada en un esquema piramidal en donde la opinión pública se conforma en lo más alto y derrama por niveles en forma de cascada -D`ádamo, García Beaudoux y Freidenberg profundizan estas dos últimas en “Medios de comunicación, efectos políticos y opinión pública” (2000)-.

Cuarto, su comprensión fenoménica desde la particular contribución que hiciera Carlos Cossio con su filosofía desestructurante del liberalismo continental europeo del que surgen las caracterizaciones de la “opinión pública”, afianzada la Revolución Francesa.

Directo a las fuentes

Hacia fines de los años sesenta los estudios cuali-cuantitativos de Mc Combs, abrieron nuevas perspectivas para comprender el proceso de configuración de las agendas periodísticas. Para el teórico, la información suministrada por lo medios fija el repertorio sobre el cual sus audiencias jerarquizarán los contenidos. Según el catedrático de la Universidad de Texas (Austin-USA), es en la lectura de lo publicado en los medios de comunicación donde se definen los imaginarios sociales, pues las imágenes de la realidad son suministradas por los medios según su clasificación temática. Sólo pocos aspectos que atraviesan directamente la vida de los ciudadanos torcerán el rumbo marcado por la agenda de los medios.

Un ejemplo reciente para el caso argentino es la centralidad que tuvo la crisis de la convertibilidad monetaria en 2001. Sólo aquí habría un punto de acercamiento con la tesis de Sartori. Si los medios hubieran ignorado los sucesos posteriores al “corralito” financiero, su existencia se habría tornado efímera.

Pero los antecedenes de investigación de Mc Combs retoman los avances que Walter Lippmann hiciera en su libro “La opinión pública” (1922) sobre las formas de influir en las audiencias, para quien lo que no estaba en la portada de un diario quedaba fuera del alcance del público.

El telón de fondo

No sólo la escuela norteamericana generó avances en el conocimiento de la interacción de la prensa. Tal vez con mayor sintonía al modelo de estratificación diseñado por Deustch, el filósofo argentino Carlos Cossio profundizó, con el mismo título, el estudio de los juicios colectivos en un poco difundido texto editado en 1973.

Allí, Cossio profundiza un escrito que iniciara para la revista “Nosotros” en 1926, con el título “Análisis de la No-vulgaridad”. El nuevo texto aborda, desde una perspectiva fenomenológica, la preocupación por la mediación periodística y las inmanencias del ámbito empresario en su entorno cultural.

Mucho antes de que los multimedios se apropiaran del sentido común dominante, Cossio cuestionó la idea de una opinión pública considerada como: “suma de opiniones individuales que han alcanzado estado público” (1973:18), y advirtió las trampas del ideario liberal en equiparar a la opinión de la prensa empresaria con la opinión pública -cuestión a la que parece adscribir Sartori-.

En esa etapa protozooica de los multimedios, Cossio ejemplifica cómo las apetencias privadas se disimulan tras la cortina de la libertad de prensa. Y es concluyente al señalar que esta endeble libertad ha sido utilizada para silenciar o adulterar la verdad a favor del “establishment”.

En su escrito, también distingue la opinión de público de la opinión pública, detectando en esta última un pasado y un por-venir objetivos como atributo histórico de su entidad colectiva. Mientras que la opinión del público (o popular) será una simple posibilidad gregaria como condición previa de realización intersubjetiva y sensible, pero que aún no ha sido puesta en historia.

Este desplazamiento de las bases del “bobble up” permite comprender el sustrato sobre el cual se diseña el armado informativo y su condición humana original, marcada por la elucidación de quien la enuncia. También difiere de trabajos de Mc Combs sobre la “agenda setting” al desdoblar al público individual de las formas de comprensión colectiva.

Es cierto que Cossio abre a una conceptualización aplicable al problema de las agendas con algo de mecanicismo analítico en su estratificación, no obstante su matriz positivista, avanza como Deustch y Sartori al campo del poder político. Para el autor hay:

Un primer estrato de “creación original” como punto de partida, cuando un sujeto marca una línea divisoria “entre lo que antes no era y después es como una cualidad novedosa”.

Un segundo estrato de “vocación intelectualizada” donde los entendidos que se entusiasman con ese valor de origen se transforman en sus voceros e intermediarios en la re-creación de esos valores primarios.

Un tercer estrato de “comprensión objetiva” donde se asienta la divulgación científica en una colectividad conectada intersubjetivamente, en acuerdo con sus estructuras inmanentes que condicionan la noción de verdad y los juicios de valor.

Y, un cuarto estrato de “comprensión subjetiva” en donde sólo trasparece la mentalidad en la que el hombre valora su mundo por un proceso causativo antepredicativo determinado por las dimensiones sensitivas del placer o del dolor –que como tal nunca llega a ser historia–.

Escenarios

Como se mencionó al inicio del texto la tarea del periodismo no es científica, pero si lo es esa “comprensión objetiva” de la divulgación en la que se asienta el oficio. Sobre ese campo Mc Combs pone a prueba su hipótesis. A su vez, Cossio parece coincidir con Deustch respecto a ese momento de “creación original”, cuando señala a sus protagonistas en las elites económicas y sociales, y desglosa niveles hasta llegar a los líderes de opinión y la ciudadanía.

Todas estas concepciones se desplazan de la cosmovisión ilustrada que desplaza ese ideario iluminista que alumbra el destino de la comunidad, tal cual lo predicaban las primeras tesis funcionalistas.

Estos recorridos exploran rutas separadas pero tienen un punto de encuentro: la comprensión de un proceso circular en permanente retroalimentación que condiciona el armado de las agendas de los medios masivos.

Así, quienes parecen imponer los sumarios lo hacen tras un engorroso sistema de presiones ideológicas que los condicionan: instalan sus afirmaciones en el campo popular solamente cuando tienen la cualidad de afianzar temarios como creencias del conjunto, sin saber nunca cual de ellos tendrá mayor o menor trascendencia final.

Mc Combs rompe abiertamente con el funcionalismo, mientras Deustch prefiere la curiosa complejidad lineal del enfoque sistémico sin apartarse de las causalidades que afectan la conductas de los hombres, en tanto conjunto sometido a influencias compartidas e identificables.

En cambio, lo interesante de la perspectiva de Cossio reside en el reconocimiento de las raíces históricas de ese conjunto, invisibles en otras teorías. Aquí las tradiciones se rebelan como condicionantes del presente inmediato y la calendarización que los medios hacen de este -un aspecto poco valorado por técnicos y funcionarios que descreen de la eficacia metodológica de las ciencias sociales-.

En tiempos de videopolítica Sartorí presenta un escenario desolado de inteligencia. El politólogo italiano sentencia que la televisión promueve saberes incípidos, lo cual afecta directamente a las sociedades en democracia al borrar de la imágen (su objeto es la televisión) sus problemas concretos.

Cossio también avanza mas allá de la distinción hecha por Mc Combs entre la agenda de los medios y la del público, depositando en la opinión pública la sedimentación del sistema de creencias sobre el cual, los medios, los periodistas y los lectores construyen la realidad.

Lo que queríamos demostrar

En la información destacada en los titulares está la síntesis de esa interacción trasversal hacia el pasado, horizontal en el presente -interactivo- y vertical en su organización temática. Así, el no saber pasa a ser un conocimiento que no es episteme pero tampoco ignorancia, que produce un acceso a la información vital y creativo distinto del enseñado en las instituciones de enclaustro, aunque sea considerado por las ciencias duras como un saber menor. Pues se trata del sustrato cultural que antecede y condiciona nuestras vidas.

Cossio pone en escena esa mirada inicial desde una perspectiva latinoamericana. Casi en forma paralela, Enrique Dussell también esbozará una filosofía de la liberación retomando nociones epistemológicas como las de “núcleo ético-mítico”, en las que descubre la matriz colonial que configura el presente.

Un presente signado desde hace casi tres décadas por los monopólicos periodísticos, con una fachada democrática escrita bajo el fantástico artificio que destruye ese “buen sentido” señalado por Gramnsci por un “sentido común” estandazador. Ese es el movimiento pendular que configura tanto las ideas fundacionales como al periodismo y sus prácticas. Cuestión que se abordará en la próxima y última entrega, principalmente en lo que respecta a los blogs y la intervención directa de los consumidores de medios en sus agendas. (Continuará… )

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