Flores rotas

Aquel relato de Rodolfo J. Walsh sobre la muerte de un soldado raso durante los enfrentamientos militares en la sublevación del 9 junio de 1956 –consecuencia del golpe encabezado por Pedro E. Aramburu– sigue resultando estremecedor. Primero, porque se trata del recuerdo de un joven escritor todavía inmune a la indolencia de la crónica periodística; segundo, porque las agonías expiatorias del conscripto que no comprendía su suerte ocurrían al otro lado de una persiana. En el umbral de un santuario privado en el que pasaban los ruidos de metralla, frente a un cuartel en las calles de La Plata que servían de campo de batalla. Era el prólogo de Operación masacre y de una tradición que marcaría el destino de no pocos periodistas.

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